Por Esto de Quintana Roo. Periodismo veraz para un estado joven

Huesos en el desierto

La Jornada

Mujer de table–dance

Generación

Los bajos fondos. El antro, la bohemia y el café

Reforma

Tropo a la Uña

Del torvo morral

¡Toma tu chocomil bien helado, chamaco!

Héctor Cobá

Twitter: @HctorCob

Facebook: Héctor Cobá

Cancún.- Los encuentros y no encuentros de quien firma, con el periodista, ensayista y novelista, llamado cronista de la violencia por sus colegas; ganador del Premio Nacional de Periodismo Cultural “Fernando Benítez” Sergio González Rodríguez, entregado en la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara, Jalisco, en 1995: tuvieron lugar en Cancún, Campeche, Puebla y la ciudad de México. Desde 1995 hasta hace siete días*, en una mesa para desayunar, comer, tomar una cerveza, platicar en persona a través del celular y por mensajes vía WhatsApp.

En Cancún, en la mañana, el año 2003, tras una entrevista con Jorge González Durán y Antonio Callejo, en el programa de radio “Desde el café”, en el café El Café, hoy Nader, en la avenida del mismo nombre, al filoso caricaturista yucateco Tony Peraza; terminada su intervención en radio, éste último sugirió le hiciéramos caso a Sergio Arceo Baranda QEPD, en ese entonces ferviente animador cultural y propietario de “La bola cuadrada” de Puerto Morelos, minisúper de botanas y bebidas; de ir a comer al hoy municipio cuando era una delegación más de Benito Juárez junto con el también caricaturista Pico de Gallo (Francisco Cervera Fernández). Por cierto una foto de los dos caricaturistas, Arceo Baranda y este reseñador, la tomó Gonzalo Subirats QEPD, jefe de fotografía del diario Por Esto de Quintana Roo. Periodismo veraz para un estado joven, donde los dos laborábamos.   

La velada vespertina prometía terminar en la noche, me despedí, pero Tony insistió en llevarme a mi centro de trabajo, donde yo sudaba como corrector de estilo.

Al entrar, supe que me habían llamado varias veces, había sido Sergio González Rodríguez, al menos llamó siete veces; estaba en Cancún para la presentación de su libro Huesos en el desierto de editorial Anagrama, en la Universidad del Caribe, a principios del 2003.     

Después de varias llamadas lo localicé cerca de las 23 horas, hablamos y quedamos en vernos al otro día, en un restaurante en la avenida Tulum, al lado del desaparecido Fama, frente al ayuntamiento (Palacio Municipal) de Benito Juárez, donde se podían conseguir libros antes de la aparición en la ciudad y en plazas comerciales de las librerías Gandhi, Educal (en Plaza Arte y el exmuseo de antropología de Cancún, que estaba al lado del Centro de Convenciones de Cancún en la zona hotelera) y Dalí, que se añadieron a la Siglo XXI por el mercado 28 (la que ahora sólo vende libros de texto parea estudiantes de secundaria y licenciatura), en la supermanzana del mismo número.

Tras los abrazos y saludos, recordamos y nos pusimos al día, lo que si noté al caminar, que él cojeaba levemente, producto del atentado que sufrió en Ciudad Juárez, Chihuahua debido a la investigación sobre los feminicidios: Huesos en el desierto; recordó que allegados en Seguridad Nacional mexicana, le sugirieron que para su seguridad física presentará el libro de marras, primero en Europa, lo que así hizo.

Asimismo, recordó su conocimiento, a través de amigos, de lugares en el Callejón de los Milagros, como buen reportero, de obtener polvo para la nariz de origen colombiano. Encuentro matutino que no pudo ser nocturno e ir a la ya fallecida Plaza 21 porque la anfitriona Universidad del Caribe había preparado una cena con intelectuales y funcionarios; en Plaza 21 estaban todos los cabarets de la ciudad, lugar que se distinguía por sus brillantes luces de neón y la gran cantidad de exuberantes y esculturales bailarinas de diferentes estados de México y países, que llegaban al desnudo total tras sus eróticos bailes.        

Los osados que se introducen a las ruinas y locales desocupados de la hoy abandonada Plaza 21, aseguran que aún es posible escuchar los gemidos llenos de sensualidad y deseo, a la salida de Cancún hacia Mérida ¿será?

Plantón en El Nivel, 2007

De visita en la ciudad de Puebla, (en octubre o noviembre) este testigo visitó a sus nietos, y se escapó un día a la capital del país, donde había quedado de verse con Sergio González Rodríguez en la cantina El Nivel, junto al Palacio Nacional (de México), y el autor de la antología de cuentos eróticos Los amorosos dejó plantado al escribiente, quien tras tomarse sus Indio y uno que otro Herradura más botana y la consabida torta de queso de puerco, caminó unos pasos a la feria del libro que estaba en el Zócalo y al otro día temprano regreso a Puebla.

Un día después, curioseando por la ciudad poblana, llegué alrededor de las 19 horas al cine Pardavé, hermoso edificio en cuyo interior se proyectaban películas pornográficas, según se veía en la marquesina y en los carteles. Tomaba una foto de la fachada cuando sonó el teléfono, era él, preguntando si nos veríamos, yo medio enojado pero tranquilo le dije que sí, en otro año, claro que sí. Nunca se dio el encuentro, pero seguimos en comunicación, ya sea correo electrónico, por teléfono celular o WhatsApp.

El siguiente fue nuestro último intercambio vía WhatsApp cuando le pregunté: ¿Mi estimado hay manera que pueda leer el texto que leíste el año pasado (2016), en Yucatán -en la Filey (Feria del Libro de Yucatán)- “acerca de la Nave de los locos y el periodismo cultural”? Él contestó, hace siete días, el pasado 29 de marzo. “Claro, está por salir el libro que lo incluye, en cuanto salga, te lo mando”.

A raíz de su fallecimiento y en el proceso de la redacción de este texto, pregunté a varios conocidos en Mérida, familiarizados con la cultura, literatura y el periodismo, pero nadie me supo decir quién editaba el libro. Creo, eso nunca lo sabré.

Ciudad de México, 1996

Más o menos al mediodía nos vimos en la cantina El Negresco, en la esquina de Balderas 76 con calle Victoria, en el centro de la ciudad (de México); arriba estaban las oficinas de La Jornada antes de cambiar su domicilio al rumbo de  Polanco; él no quería botana sino una oreja de elegante, como no hubo, el par se trasladó al restaurante La Grilla, por el rumbo de Bucareli, donde siguió la plática. Un tema fue el galardón obtenido por su trabajo periodístico Mujer de table–dance. Con el que ganó en 1995 el Premio Nacional de Periodismo Cultural Fernando Benítez, que se entrega en la FIL de Guadalajara. Pregunto ¿qué vas a hacer tanto dinero? En ese entonces era mucho dinero 25 mil pesos. A lo que responde. “Sí conocí muchos lugares, incluidas las Vaqueritas de Dallas, que era la novedad del momento, pero de ese dinero sólo me quedé con cinco mil pesos, todo lo debía. Gracias a los amigos que me prestaron dinero fui a los lugares para hacer el reportaje del table–dance, devolví y me quedé con la cantidad que te digo. Hacer un reportaje de ese tipo sale muy caro”.  

Luego caminamos un poco por la Alameda y compró un texto sobre la cultura beat de Jorge García Robles en la librería que estaba en la esquina de la avenida Juárez con Lázaro Cárdenas o San Juan de Letrán, frente al Palacio de Bellas Artes.

Después me dejó en la Casa del Poeta, añeja construcción en la colonia Roma, donde vivió el vate Ramón López Velarde. Lugar donde se sació la sed de una manera pacífica, para festejar el doble encuentro con González Rodríguez y Carlos Martínez Rentería, director hasta ahora de la casi treintañera e independiente Generación, “publicación irreverente y cachonda de fin de milenio”, como rezaba su olvidada, por algunos, promoción.   

Campeche, 1995

Fastidiado, en la ciudad de las murallas, espetó: “Llévame a un antro”, en La Parroquia, en el primer cuadro de Campeche, eran los tiempos que aún no empezaba la inclinación turística mucho menos había opciones de diversión  nocturna. Fuimos a El Capistrano, cerca del monumento del atorado, nombre no oficial del monumento al Resurgimiento, al inicio del poblado de Lerma.

Los cómplices, si la memoria no falla fueron Emiliano Vargas Arenal y el cabo Cabo, Juan Carlos Saucedo, ambos, excelentes fotógrafos profesionales.

Pidió dos whiskies, algo no común en esos tiempos cuando la mayoría tomaba ron Bacardí, Baraima, Solera, Appleton Especial y cerveza mucha cerveza.

Antes de esta acción, cual club de Tobi, dejamos en su casa, a nuestra amiga diseñadora, destacada promotora cultural y compañera de parrandas, Iliana Pozos,; eso sí ella no desaprovechó la ocasión, le autografiaron el libro Los bajos fondos. El antro, la bohemia y el café, quien orgullosa hoy presume la firma, con fecha 26 de agosto de 1995. Que dice:

“Para Iliana y Juan Carlos,

este conjunto de visiones

nocturnas y vagamente

pecaminosas, con el aprecio

y gratitud, de su amigo

el ‘teórico’ de los antros,

Sergio”    

Volviendo al relato en el centro-antro nocturno, ahí el rustico grupo con gran ritmo daba la bienvenida a los recién llegados y al iniciar o al terminar una de sus interpretaciones expresaba el cantante: ¡Toma tu chocomil bien helado, chamaco! Lo que alegraba más el ambiente de por sí agradable.

Bueno, el invitado especial solía tomar su bebida cuando estaba toda líquida: hielo, agua mineral y el escocés. Mientras el tiempo lograba la mezcla adecuada, él eligió un muro para apoyarse y ahí bailaba al ritmo de la guapachosa música, siguiendo el ritmo, ¡en serio!, suave, suavecito, disfrutando su soledad...

Sucedió lo inesperado, “lo sacaron a bailar”, no fue la única vez, se repitió una segunda y tercera vez, la misma danzarina nocturna lo buscó; el lugar no era de desnudistas, pero las asistentes recibían algo por la bailada. Él regresó a su murito, a donde ella regresaba para “sacarlo a bailar”. Sus amigas de mesa, de ella, exclamaron, ¡que te pague, que te pague!   

Nuestro alegre, este sí, Sergio el bailador, dijo a este involuntario cronista:

- ¿Cuánto me dijiste que cobran ellas por bailar, carnal?

- ¡10 pesos!, se le responde.

- ¿O sea que ella me debe 30 pesos?

Las carcajadas de los desvelados no se hicieron esperar. En tanto las acompañantes de su ocasional compañera de baile, insistían: ¡que te pague, que te pague!

La visita del periodista y escritor se debió a su participación de una conferencia acerca del periodismo cultural, el 24 de agosto, allá por 1995, en el marco del primer Encuentro Estatal de Escritores de Campeche, organizado por la entonces directora del otrora Instituto de Cultura de Campeche, hoy Secretaría de Cultura, Enzia Verduchi (poeta, ensayista, conductora de televisión y editora), reunión de tres días que se realizó sólo tres años seguidos, con el fin de analizar la problemática y perspectivas de la literatura en el estado, antes del fin del siglo 20.

El cierre de su visita a Campeche, del recién fenecido coordinador de cultura del Reforma, para el que escribe fue una entrevista en el café del hotel Ramada Inn, ayer Del Mar y hoy Gamma Fiesta Inn, hace 23 años; por cierto publicada en el número 3 de la revista literaria de la Casa del Escritor de Cancún Tropo a la Uña, en su primera época, en 1998 con el nombre “Prensa cultural: oposición, inconformidad e imaginación”.

* Texto inédito, terminado de escribir el 5 de abril de 2017, a tres días del fallecimiento, el 3 de abril de 2017, del destacado periodista Sergio González Rodríguez.

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